Camboya: la primera sonrisa

 In Periodismo

Lorena Moreno

Una de las imágenes de la muestra. Omar Havana.

“Un camión de la basura con las sobras de los hoteles de 3.000 dólares por noche acababa de dejar su carga. Entre sus desechos, uno de los 300 niños que viven en este vertedero encontró una bolsa de sangre. Entonces mostró la sonrisa más impresionante que he visto en mi vida. Aún mayor fue la ilusión con la que se comió su contenido”. Con estas palabras describe el fotoperiodista granadino Omar Havana la escena que ha inspirado su exposición ‘La primera sonrisa’, en la que pueden observarse algunas de las improntas que ha tomado durante los tres años y medio que ha vivido en Camboya.

La muestra –que puede visitarse hasta el 8 de junio en el Café Portolano (calle Alhamar, 26)- se aleja de la Camboya turística para retratar, desde una perspectiva optimista, el rostro desconocido y olvidado de este país. “El 99% de mis fotografías no es triste porque siempre hay una sonrisa en Camboya. Otra cosa es que cada una de esas imágenes encierre una situación dramática”, explica Omar, que comenzó a observar la realidad desde un objetivo a los 23 años, tras el suicidio de un amigo que se dedicaba a la fotografía.

“El mismo día que me enteré de su muerte me compré mi primera cámara. Como siempre digo, cuando miro por el objetivo él sigue apretando el botón en el momento justo”, observa sensiblemente conmovido por los recuerdos, que lo arrastran a uno de los instantes inmortalizados por este amigo: “una fotografía, titulada ‘La Revolución de Rumanía’, en la que muestra a una niña rodeada de tanques. Lo dejó todo para trasladarse a este país y denunciar lo que estaba pasando”, relata.

También Omar dejó atrás las comodidades del primer mundo -en ese momento residía en Inglaterra- para trasladarse a sus espaldas. Se decidió a hacerlo tras un viaje de seis meses por el sudeste asiático en el que conoció a un pequeño camboyano mutilado por las bombas de fragmentación. “Tenía los brazos amputados a la altura de los hombros y me contó una historia insistiendo en que, por favor, la divulgara. Me impactó tanto lo que me dijo que en un año estaba con mi ex-novia y mi socio en Camboya”, señala.

Los tres fundaron la ONG The Forgotten World (El Mundo Olvidado), que “fracasa” en el momento en el que deciden cerrar su puerta a uno de los muchos males endémicos del país: la corrupción. “Para cualquier proyecto humanitario que pretendas desarrollar allí tienes que preparar los sobornos pertinentes. Se podía haber financiado para salvar vidas, pero a la larga hubiera servido para perpetuar la corrupción generalizada”, confiesa Omar, que posteriormente fundó un hotel solidario para dar empleo a personas con un presente roto, como los niños esclavos de la basura.

Omar, a la izquierda, junto a dos camboyanos. 

Las montañas de desechos en las que muchos menores trabajan y hacen vida diaria forma parte de esa realidad olvidada que este granadino refleja a través de su objetivo: “en cada estercolero, con una superficie que multiplica por dos la del campo del Granada C.F., los pequeños trabajan de 14 a 16 horas al día por 14 o 15 céntimos buscando plástico o metal”, relata.

Estos vertederos, pertenecientes a la empresa gubernamental GAEA, integran uno de los negocios más suculentos de Camboya –“los empresarios y mafias que se lucran de la basura tienen mansiones y cinco Lexus aparcados en la puerta”, describe gráficamente. Estas fortunas se levantan sobre la engrasada máquina de explotación infantil existente. “Tienen ejércitos de niños repartidos por las ciudades, que viven en la calle, van descalzos y recorren papelera por papelera recogiendo lo poco que encuentran para venderlo. Las mafias organizadas les pagan migajas por esto o les suministran, a cambio, la metanfetamina y el pegamento a los que previamente los han enganchado”, indica este fotógrafo que ha denunciado en distintas publicaciones la lamentable situación de los pequeños que “se ‘alimentan’ de los restos de ‘víveres’ rescatados entre la basura, beben aguas fecales y duermen entre montones de mierda”, explica “hablando en plata”, como siempre hace.

Uno de los niños retratados en la muestra. O.H.

Uno de sus artículos caló hondo en una refugiada camboyana en Hong Kong, Somalina, que cada año, en lugar de regalos, pide fondos a sus amigos para ayudar a su país natal. Les donó 2.000 euros para la construcción de cuatro pozos que sustituyesen las aguas fecales, de las que beben los niños, por otra potable. “Lo curioso es que cuando se construye este tipo de infraestructuras a nivel privado te obligan a estampar el nombre de Unicef, aunque no haya colaborado, como era el caso”, critica Omar, que responde a la pregunta de ¿por qué? con resignación: “Eso es Camboya…”

Respecto a las grandes ONG’s que trabajan en el país, el granadino censura que sus directivos conduzcan coches de lujo o se hospeden en hoteles caros mientras los niños pasan hambre. La inanición no es, sin embargo, el único mal al que se enfrenta la infancia en Camboya, el tercer país con más tráfico de niños del mundo y el número uno en tráfico de órganos de menores de dos años. “Por 5 dólares los adultos pagan una felación. Por 20 tienen al pequeño en su cama para hacerle lo que quieran. Por 150 lo pueden comprar directamente”, lamenta Omar, que también investiga a fondo la pederastia.

Según explica, en el sudeste asiático se celebran las firmas de contratos multimillonarios entre empresas con “mujeres: esta gente tiene miedo al SIDA, por lo que existen mafias que se encargan de secuestrar a niñas de 14 a 16 años para que estos magnates las violen cuantas veces quieran.  Una vez las dejan regresar a sus aldeas son apedreadas por sus propias familias y vecinos, por eso las llaman las almas rotas”.

A pesar de las reiteradas denuncias sobre tráfico infantil, “este tema no interesa por tratarse de la segunda industria que más dinero mueve en el mundo, detrás de las armas”, puntualiza con tristeza. No obstante, Omar sigue intentando mostrar la realidad que sucedió a la Camboya del año Cero. Esa Camboya donde los votos, por no ser secretos, siguen comprándose; un país donde el 34% de las personas vive con menos de un dólar diario; en el que el 45% de la población tiene menos de 15 años porque durante el genocidiose exterminó a toda una generación; una Camboya en la que, sin embargo, “sigue saliendo el sol y nadie pierde la sonrisa”.

Inauguración de la exposición. G.C.

“Uno de los niños que vive en los vertederos me preguntó el motivo de que los europeos no sonriéramos, una duda que también me invade, la verdad”.  Si mañana sale el sol, le insistió el pequeño, uno de los miles a los que Omar “nunca” ha visto llorar, aunque el drama los acompañe como su sombra. “Esta forma optimista de observar el mundo se contagia. Pierdes tu inocencia al darte cuenta de que lo que te han contado es lo que dicen los diccionarios y lo que has aprendido en la escuela no tiene nada que ver con la realidad, pero también aprendes a reír y a no agobiarte por banalidades”, admite este periodista, que lejos de dar la espalda al rostro más crudo de este país ha compartido con su gente la sonrisa de los peores momentos.

Recommended Posts
Comments
  • JGodo
    Responder

    Ayer llegue de hacer un viaje por Camboya. No podía entender como con la miseria que se ve por la ventanilla del autobus viajando hacia la capital, en la ciudad solo se ven coches de lujo y mansiones por todos lados. Mierda de mundo.

Leave a Comment

Start typing and press Enter to search